Pero el gusto es una sensación, una emoción y un sentimiento, y como tal es inefable, por lo que apenas debería intervenir a la hora de valorar la calidad de una obra de arte. Las obras de arte sí que pueden ser sometidas al juicio de la razón, y nada debería empañarnos la posibilidad de establecer con claridad si una obra de arte es buena o es mala –que son calificativos sacados de la ética, pues, en referencia a lo artístico, también se puede hablar de un deber ser. Hume dice que una obra de arte es de calidad cuando es “adecuada al fin o al propósito para el que está pensada”. Yo digo que una obra de arte es buena cuando es adecuada a la intención del que la hace, e incluso que una obra de arte es mejor que otras cuando su intención es más ambiciosa y entraña una mayor dificultad para el artista. En cualquier caso, este tipo de juicio nunca sería normativo, porque siempre se produce a posteriori (La Voz de Asturias, 19 de enero de 2003).
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martes, 29 de marzo de 2011
martes, 22 de marzo de 2011
Sentimiento y razón
A mediados del siglo XVIII, el empirista escocés David Hume resumió en cinco las cualidades que, según él, distinguían a quienes debían establecer las normas del gusto y de la belleza: la posesión de un gusto delicado, la práctica de un arte, la comparación frecuente entre obras diversas, la ausencia de prejuicios personales o ligados a las costumbres de una nación o de una época y la posesión de buen sentido. El filósofo británico sabía perfectamente que el gusto siempre es personal e intransferible, aunque no arbitrario. El gusto no es algo tan relativo como suele decirse: no es puro capricho personal, sino que responde a unas determinaciones externas; constituye una reacción emocional del individuo, pero ante determinados estímulos reales. Es por eso que se puede hablar de buen gusto, un tecnicismo estético introducido por pensadores españoles con el que se intentaba expresar la perfecta concordancia entre el sentimiento y la razón (La Voz de Asturias, 19 de enero de 2003).
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