El arte renuncia a la estética y lo hace por dos vías, una que se podría llamar cínica o antiartística y otra estoica o depurativa. La vía cínica o antiartística se inicia en 1909 con el futurismo y su propuesta fascista de quemar los museos (“cuando oigo la palabra cultura desenfundo la pistola”) y prosigue en la década siguiente con el dadaísmo y su pretensión de acabar con el arte y la cultura en general. La otra, la estoica o depurativa, es propia del purismo formalista y podríamos retrotraerla hasta el neoclasicismo, en plena Revolución Francesa, cuando lo clásico y lo moderno se volvieron dos tendencias hostiles e incompatibles.